lunes, 23 de septiembre de 2013

A veces debemos arriesgarnos. {Relato}

Estaba paseando por el parque más bonito de mi cutre pueblo, el cual no era gran cosa. El suelo estaba ligeramente nevado, los árboles completamente desnudos y el paisaje era realmente encantador. Estaba muy abrigada. Llevaba mis vaqueros favoritos, mi jersey más grueso y mi abrigo de lana. En los pies tenía unas botas suaves y calientes al tacto. Tenía una bufanda beige, como el jersey, enrollada al cuello y un gorro del mismo color. Había quedado con mi mejor amigo en la cafetería de siempre, y tenía pensado confesarle mis sentimientos. Sabía que cabía la posibilidad de tirar por la borda un amistad de cinco años, pero debía arriesgarme. Tenía el corazón en la garganta, y apesar del frío helador del ambiente, mis manos sudaban desesperadamente.

Finalmente, llegué a la cafetería. Crucé la puerta, haciendo que el típico ruido sonase, y me dirigí hacia mi amigo. Estaba sentado en una mesa de dos, mirando por la ventana distraído. Me acerqué a paso lento mientras desenrollaba la bufanda de mi cuello. Se levantó y me dio un abrazo, como siempre hacía. Dejé mi abrigo en el respaldo de la silla y me senté enfrente de él.

- Bueno, ¿cómo están yendo tus vacaciones? - me preguntó.
- Normales. Ya sabes, cenas familiares y demás estupideces - respondí.
- Vamos, seguro que no es tan malo. A mí me caen muy bien tus padres - sonrió.
- A mí ya sabes que me resultan realmente estresantes la mayoría del tiempo - le devolví la sonrisa.

Seguimos hablando unos pocos minutos. El camarero tomó nota y enseguida nos trajo el pedido, un capuccino por mi parte y chocolate caliente por la suya. Después de eso, bebimos despacio de nuestras tazas mientras conversabamos sobre cosas que nadie entendería. Pasamos así media hora y me di cuenta de que debía decírselo, sí o sí.

- Deberíamos irnos, se hace tarde - dije.
- Está bien, vamos - se levantó.

Se puso su abrigo y yo el mío, incluyendo cada uno una bufanda y nuestros respectivos gorros. Tras mucho insistir, le dejé pagar la cuenta y nos fuimos. Por el camino, entrelazamos nuestros brazos haciendo así que podamos meter las manos en los bolsillos.

- Rubén, tengo algo que contarte - solté el aire que no sabía que estaba guardando.
- Dime, soy todo oídos - contestó.
- Yo, verás - me paré, haciendo que él también se parase -. No sé como decirte esto.
- ¿Es lo que creo que es? - dijo.

Me callé y durante unos segundos, solo se escucharon nuestras respiraciones.

- Te quiero, y no solo como un amigo - logré decir.
- Era eso, pues - afirmó.
- Eso parece - nos quedamos en silencio.

Mis ojos se humedecieron. Aquel silencio me mataba por dentro. Sin querer, se me escapó un sollozo y tuve que bajar la mirada. Enseguida sentí una mano alzando mi barbilla. Era Rubén y tenía una radiante sonrisa en la cara. Acercó su rostro al mío y sentí sus finos labios sobre los míos. Sabían a chocolate y eran suaves al tacto. A mitad del beso, esbocé una sonrisa. Tuvimos que separarnos, los pulmones me quemaban. Nos fundimos en un abrazo y un susurro casi inaudible llegó a mi oído.

- Yo también te quiero - susurró Rubén.