sábado, 29 de marzo de 2014

Trilogía Delirium {Recomendación}

Hoy, vengo con algo diferente. Os traigo una recomendación de mi cosecha.

Delirium, una trilogía de Lauren Oliver en la que cuentan un futuro dónde el amor es ilegal, una enfermedad para la que ya existe cura. Nos cuenta la historia de una chica reservada que se ciñe a las normas, Lena, y su mejor amiga un poco más alocada y descarrilada, Hana. En esta trilogía (la cual me faltan 100 páginas para acabar) he podido sentirme una de ellas, me ha dolido tanto como a la narradora todos los hechos que han transcurrido. He sentido con este libro, habían descripciones tan exactas de cómo se sentía el personaje que me dejaba llevar y el libro me tragaba.

Puedo deciros que esto es una seria recomendación, os dejaré los PDFs para que podáis comenzar con vuestra lectura. Solo hay una advertencia: Una vez que empiezas, es difícil parar de leer.

Finalmente, ¡que disfrutéis de estos libros tanto como yo he disfrutado!

P.D.: Para los que tengan gustos especiales con la narración, el libro está en primera persona y en presente (al menos el último, no recuerdo los anteriores).

PDF Delirium (Primer libro)
PDF Pandemonium (Segundo libro)
PDF Requiem (Tercer libro)

Libros extra de la trilogía:

Annabel
Hana
Raven
Álex

jueves, 30 de enero de 2014

Una historia cualquiera. {Relato}


Os contaré mi historia. Yo solo pasaba por allí para comprar un par de refrescos cuando la vi. Ella llevaba un vestido de encaje con una fina chaqueta vaquera y unas sandalias. Su pelo castaño parecía chocolate y sus ojos verdes eran como una extensa pradera. Lo admitiré, mi novia me esperaba en el coche. Pero no pude evitarlo, no podía quitar mis ojos de encima de ella. Era tan bonita y natural… Cuando vi que se iba pagué rápidamente lo que llevaba y salí corriendo de allí. Pero no estaba, no conseguí alcanzarla. Maldije y pegué una patada al aire para luego volver a mi coche, donde se encontraba mi novia. Me preguntó por qué estaba cabreado y me inventé una tonta excusa.
Al día siguiente, fui a pasear a mi perro. ¿Sabéis qué? Ella estaba allí. Esta vez llevaba pantalones cortos y una camiseta por encima del ombligo. Quería acercarme e iniciar una conversación, pero mi novia seguía estando en mi vida, no podía hacerle esto. Dejé pasar esta oportunidad, pero me prometí que si volvía a verla no pensaría en mi novia, sería mucha casualidad.
Y pensaréis “Oh, tuvo que volver a verla, siempre pasa eso”. Pero no, no volví a verla durante mucho tiempo. Me casé con mi novia. En la boda, ella estaba allí. Estaba sentada atrás del todo y me acerqué a ella después de la ceremonia. Estuvimos conversando y me contó la de veces que nos habíamos encontrado. Después de la tienda, nos vimos en el parque, en el cine, en la feria… Pero yo no la veía, según ella. Pasaba mi mirada por el lugar en el que estaba y me era indiferente.
Os preguntaréis qué quiero decir con todo esto. Pues quiero deciros que cuando queremos a alguien, no engañamos a esa persona con facilidad. Cuando me dije que si volvía a ver a aquella chica dejaría a mi novia, no volví a percatarme de su presencia. Mi propio cerebro me hizo darme cuenta de que no siempre la chica más guapa o perfecta es la mejor, de que tenía un tesoro a mi lado. Me salvé de mi propio error.
Aunque esto os parezca una tontería, puede sucederle a cualquiera de vosotros. No os dejéis llevar siempre por los impulsos cuando se trata de un tema serio porque el cerebro no siempre estará allí para salvaros.

lunes, 23 de septiembre de 2013

A veces debemos arriesgarnos. {Relato}

Estaba paseando por el parque más bonito de mi cutre pueblo, el cual no era gran cosa. El suelo estaba ligeramente nevado, los árboles completamente desnudos y el paisaje era realmente encantador. Estaba muy abrigada. Llevaba mis vaqueros favoritos, mi jersey más grueso y mi abrigo de lana. En los pies tenía unas botas suaves y calientes al tacto. Tenía una bufanda beige, como el jersey, enrollada al cuello y un gorro del mismo color. Había quedado con mi mejor amigo en la cafetería de siempre, y tenía pensado confesarle mis sentimientos. Sabía que cabía la posibilidad de tirar por la borda un amistad de cinco años, pero debía arriesgarme. Tenía el corazón en la garganta, y apesar del frío helador del ambiente, mis manos sudaban desesperadamente.

Finalmente, llegué a la cafetería. Crucé la puerta, haciendo que el típico ruido sonase, y me dirigí hacia mi amigo. Estaba sentado en una mesa de dos, mirando por la ventana distraído. Me acerqué a paso lento mientras desenrollaba la bufanda de mi cuello. Se levantó y me dio un abrazo, como siempre hacía. Dejé mi abrigo en el respaldo de la silla y me senté enfrente de él.

- Bueno, ¿cómo están yendo tus vacaciones? - me preguntó.
- Normales. Ya sabes, cenas familiares y demás estupideces - respondí.
- Vamos, seguro que no es tan malo. A mí me caen muy bien tus padres - sonrió.
- A mí ya sabes que me resultan realmente estresantes la mayoría del tiempo - le devolví la sonrisa.

Seguimos hablando unos pocos minutos. El camarero tomó nota y enseguida nos trajo el pedido, un capuccino por mi parte y chocolate caliente por la suya. Después de eso, bebimos despacio de nuestras tazas mientras conversabamos sobre cosas que nadie entendería. Pasamos así media hora y me di cuenta de que debía decírselo, sí o sí.

- Deberíamos irnos, se hace tarde - dije.
- Está bien, vamos - se levantó.

Se puso su abrigo y yo el mío, incluyendo cada uno una bufanda y nuestros respectivos gorros. Tras mucho insistir, le dejé pagar la cuenta y nos fuimos. Por el camino, entrelazamos nuestros brazos haciendo así que podamos meter las manos en los bolsillos.

- Rubén, tengo algo que contarte - solté el aire que no sabía que estaba guardando.
- Dime, soy todo oídos - contestó.
- Yo, verás - me paré, haciendo que él también se parase -. No sé como decirte esto.
- ¿Es lo que creo que es? - dijo.

Me callé y durante unos segundos, solo se escucharon nuestras respiraciones.

- Te quiero, y no solo como un amigo - logré decir.
- Era eso, pues - afirmó.
- Eso parece - nos quedamos en silencio.

Mis ojos se humedecieron. Aquel silencio me mataba por dentro. Sin querer, se me escapó un sollozo y tuve que bajar la mirada. Enseguida sentí una mano alzando mi barbilla. Era Rubén y tenía una radiante sonrisa en la cara. Acercó su rostro al mío y sentí sus finos labios sobre los míos. Sabían a chocolate y eran suaves al tacto. A mitad del beso, esbocé una sonrisa. Tuvimos que separarnos, los pulmones me quemaban. Nos fundimos en un abrazo y un susurro casi inaudible llegó a mi oído.

- Yo también te quiero - susurró Rubén.

lunes, 14 de enero de 2013

Ellas, todo. {Relato}

Estaba desayunando un domingo a las once cuando recibí un tweet de una amiga.Iba a quedarse unos días en Madrid y nos pidió quedarse con nosotras. Me ofrecí encantada y avise a Julia, mi compañera de piso, para que me acompañara.
Más tarde, a las 7 de la tarde, cogí el coche y, con mi amiga Julia de copiloto, fuimos a recoger a Yasmina al aeropuerto. Estaba emocionada y eso incluía que mis piernas temblasen. Julia no paraba de hablar de Mina, lo que no me molestaba, pero con los nervios no escuchaba ninguna palabra ya que pretendía poner toda mi atención en la carretera con la intención de no estrellarme.
Llegamos al aeropuerto sanas y salvas y entramos al establecimiento. El vuelo aterrizaba en 5 minutos y nos mordíamos las uñas de los nervios. Cuando el panel gigante mostraba que el avión había aterrizado empezamos a saltar como dos fans en un concierto de su ídolo. A lo lejos vimos la figura de Yasmina, quien no nos había visto todavía, pero con ella venía un muchacho. No lo reconocí hasta que avanzaron un poco más y me di cuenta de que era Juanma. Nos avalanzamos a ellos en cuanto los vimos y no pude evitar que mis ojos se cristalizaran.

- Esto es increíble, nunca creí llegar a veros en persona. - Conseguí pronunciar.
- Ni yo, tío. Esto es muy fuerte. - Dijo Yasmina.
- Ay, por fin podremos hacer el gamba juntos. - Agregó, como no, Julia.
- Qué zagala. - Juanma habló por primera vez y nos reímos ante la estupidez de mi compañera.
- Bueno, vayamos a casa.

Llegamos al coche y Juanma metió las maletas en el maletero. Julia y yo nos sentamos en el mismo sitio que a la ida y la parejita se sentó en los asientos traseros. Llegamos al piso y se instalaron en mi habitación, yo dormiría durante esta semana con Julia. Se sentaron en el sofá mientras yo fui a por unos vasos de Coca-Cola.

- Bueno, chicos, ¿queréis hacer algo especial? - Decidí hablar.
- Me gustaría ir a un Starbucks, siempre he querido ir antes de morir. - Dijo Mina con una risita al final de la frase.
- Pues vamos a un Starbucks, entonces.

Salimos de la casa y dimos un paseo hasta el establecimiento. Compramos unos cafés y un muffin cada uno. Nos tomamos todo y pagamos cada uno lo nuestro. Nos fuimos rápido, no queríamos que nos etiquetaran de hipsters, y dimos una vuelta por las calles principales de Madrid.

- ¿Volvemos a casa? - Habló Juanma.
- ¿El futbolista se ha cansado? - Fue Mina la que habló esta vez.
- No, mi amor, lo que pasa es que quiero que vayamos a casa. ¿No os apetece una TwitCam en familia?
- Sería muy divertido, pero nadie nos verá, o eso creo. - Dijo Julia.
- Oh, vamos, por intentarlo no pasará nada.

Juanma nos convenció y volvimos al piso. Recogimos el salón y nos apelotonamos los cuatro en el sofá dejando así que la cámara del protátil nos enfoque bien. Yo manejaba el ordenador y la TC se haría desde mi Twitter el cual no tenía muchos seguidores, pero los demás RTearían desde sus móviles para hacer llegar la TwitCam a más gente.
Nada mas empezar, conseguimos 50 viewers y nos abalanzaron a preguntas. Eran las típicas preguntas personales como '¿Cuántos años tenéis?' y esas cosas. Continuamos con la divertida actividad durante 3 horas más y al terminar cenamos algo ligerito para después tumbarnos en la alfombra para ver una película de miedo.
El panorama ya os lo podéis imaginar, Yasmina y Juanma acaramelados, Julia riéndose de las víctimas y yo... yo simplemente me centraba en la película y tiraba alguna que otra palomita al suelo por los pequeños y repentinos sustos.

- Me voy a dormir, estoy cansada, ¿vienes, Carol?
- Vale, Hearo. - Respondí a Julia con nuestro común apodo mutuo.
- Buenas noches, chicas. - Dijeron los novios a la vez.
- Buenas noches.
- No hagáis cosas guarras que las paredes son muy finas. - Estallé de la risa cuando Julia les advirtió de semejante estupidez.

Ella recibió un almohadazo en la cabeza por parte de Yasmina, quien había mejorado su puntería con el paso de los años. Entramos en la habitación y descansamos.
Los tres siguientes días fueron geniales, fuimos al parque de atracciones, a una quedada de Youtubers, a restaurantes preciosos, la Gran Vía... Pero el último día se nos hizo duro. Pasamos la mañana en el parque del Retiro comiendo castañas que compramos en un puesto. Hablamos muchísimo y nos sinceramos. Temíamos separarnos y no volvernos a ver. Ese era mi mayor miedo, perder a Yasmina, y bueno, a Juanma, pero a la que más era a Yasmina. La quería mucho y ellos se irían en menos de 2 horas de vuelta en avión a Tarragona. No podía dejarla marchar, la quería demasiado pero tampoco podía alejarla de Juanma haciendo que se quedase con nosotras.
Las 2 horas pasaron rápido, nos despedimos con lágrimas en los ojos y prometimos volver a vernos. Marcharon hacia la puerta de embargue y Julia y yo volvimos a nuestra casa planeando nuestra futura visita a Tarragona.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Perdida en su sonrisa. {Relato}

Otro día más de esta amargada vida. Despierto con el ruido del despertador. 07:00 AM. Me levanto de mi cálida cama y cojo mi bata. Bajo al baño donde cepillo mi cabello y lavo mis dientes. Me dirijo a la cocina en la que los miembros de mi familia disfrutan cada uno de su respectivo desayuno. En mi sitio de la mesa unas tortitas y un café recién hecho. Desayuno y subo a vestirme. Jeans, vans y una sudadera de Adidas. Me pongo mi gorra negra de los yankees y guardo mi monopatín en la mochila. Salgo de casa en dirección a la parada del autobús. Subo a uno de los autobuses que esperan, pero no subo al habitual, sino al que se dirije a Madrid. Compro mi billete y me siento en los asientos del fondo. Introduzco los cascos en mi iPod y mi mirada se pierde observando las gotas de lluvia caer sobre la ventana.
Después de hora y cuarto de trayecto, llego a mi destino. Empiezo a caminar y caminar llegando así al instituto de Raúl. Me abro paso entre las pocas personas que hay en la entrada y localizo con la mirada al moreno de ojos grises. Él me ve y, sin pronunciar palabra alguna, coge su mochila y escapa de esa cárcel junto a mí. Salimos del establecimiento y vamos hasta un pequeño skatepark abandonado. Disfrutamos de este durante media hora montando nuestros monopatines y relizando acrobacias en el aire para acabar exahustos y con ganas de descansar. Ningún banco era válido para realizar tal acción, ya que todos estaban mojados a causa de la lluvia. Maldecí en voz baja y Raúl sonrió de lado. Se le ocurrió la idea de ir a su casa, en la que sus padres no estaban debido al trabajo. Llegamos y fuimos a su habitación. Allí, él enciende su ordenador, mientras yo, sentada con las piernas cruzadas, juego con su cámara olympus. Se acerca a mí y, mientras sus labios se pegan a los míos, la cámara cae sobre la cama y dispara un flash tras otro. Reímos por lo que acababa de pasar y seguimos con nuestro juego de dos...